domingo, 5 de agosto de 2012

Un gato

Hace poco más de 2 semanas, tomando la típica ruta de mi casa al paradero, me encontré un gatito blanco. Tenía el pelaje crecido y sucio; una de sus orejas estaba cortada por la mitad; y su frágil  cuerpo denotaba no haber comido hacía días... o semanas.

Como lloraba asustado, no pude resistirme a acercarme y acariciarle. Al principio huyó; pero, como es típico de mí, insistí hasta ganarme su confianza. Lamentablemente, como estaba tarde para mi entrenamiento de futsal, me disculpé y me alejé oyendo sus reclamos porque no me fuera. De regreso, en la noche, ya no lo encontré.

Pasaron dos días y volví a cruzármelo en el mismo pasaje. Y, como era de esperar, volví a brindarle cariño. Esta vez se dejó a la primera.

- Lo siento amiguito! Tengo que irme de nuevo.
Esta vez me siguió hasta el final del pasaje y me observó en silencio, inquieto.

De pronto se volvió una rutina vernos en mis salidas a la Universidad o a Plaza Vea, hasta que la semana pasada me decidí por empezar a darle comida.

Ahora, cada vez que entro al pasaje, sólo basta con decir: "Tth, tth, tth, Amiguito~", y el viene corriendo a saludarme. A veces me acompaña hasta poco más lejos del pasaje. Pero luego regresa, triste de que yo no lo cargue y lo lleve a casa, para abrigarle, darle de comer, jugar con él, y darle todo mi cariño...

Y me siento triste. Imaginarlo tantas horas sin comer; con frío; soportando las lluvias de este invierno... acompañado de su soledad y la esperanza de encontrar algo.

Ay, amiguito... He comprendido que nos parecemos un poco... Tú y yo buscamos un lugar en el mundo al cual pertenecer. Perdóname que yo no pueda sólo más que darte cariño y unas Whiskhas de Plaza Vea que comes con desesperación.

Prometo encontrarte un hogar. Sólo dame tiempo.